La esperanza de nacer con Cristo y gozar de su amor
 


17 de Diciembre, 2014
Homilía de Mons. Cristián Contreras Molina dirigida al clero de San Felipe al finalizar el año pastoral 2014.

Hermanos sacerdotes y diáconos.- 

Con la celebración de la eucaristía en este antiguo monasterio carmelitano, nos unimos al misterio de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo Nuestro Señor. Si para todo cristiano la celebración pascual es motivo de alabanza, súplica y acción de gracias, para quienes la presidimos,   es fuente que anima nuestro   ministerio sacerdotal que indignamente hemos recibido, fuente que actualiza nuestra identidad de cristianos y sacerdotes, como así mismo,  vínculo de comunión con el pueblo de Dios e intermediarios de la gracia que gratuitamente hemos recibido. 

La celebración eucarística, nos permite cantar las alabanzas del Señor en tiempos de gracia y salvación. Es la serena escucha de la palabra que nos recuerda la presencia salvadora de Dios en nuestra historia, es esa palabra que interpela, consuela y fortalece en los tiempos de sequedad y de  renovada búsqueda de aquellos ideales que soñamos vivir junto  a tantos  que nos vio crecer  y que se sintieron felices   cuando nos fuimos   al seminario  para ser sacerdotes. No cabe duda,  todos ellos, siguen pensando que somos personas buenas, sanas, espirituales, generosas y serviciales. 

No todos los que formamos este presbiterio, por razones de edad y de circunstancias propias de la vida y del ministerio, hemos tenido las mismas experiencias en nuestro caminar de discípulos de Jesús y guías de su rebaño. Sin embargo, todos en más de una ocasión, hemos dado gracias a Dios por haber sido llamados al diaconado o al sacerdocio. ¿ Quien no se ha sentido más pecador que  los fieles al comenzar la eucaristía, procediendo a invocar  con humildad la misericordia de Dios?. ¿Como no manifestar nuestra gratitud por tener la posibilidad de proclamar y predicar la Palabra , ser instrumento de la  misericordia, consagrar el pan y el vino, como así mismo consolar a los  que sufren la enfermedad, la pérdida del ser querido o la soledad provocada por el abandono ,y el desamparo? ¿Como no sentirse gratos a los ojos de Dios cuando domingo  a domingo podemos llegar al corazón de los fieles con la celebración de la resurrección? 

A  propósito de la predicación de la palabra en la celebración eucarística especialmente el día domingo, quiero hacer memoria de lo que al respecto nos dice el papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. 

El  Papa Francisco comienza diciendo que no podemos hacer oídos sordos a los  reclamos  de la gente con relación  a la práctica de  este ministerio. El Papa constata el sufrimiento de los fieles y también el de sacerdotes con relación a la homilía. 

La exhortación es a renovar nuestra confianza en la predicación que se funda en la convicción de que es Dios quien quiere llegar a los demás a través del predicador y de que El despliega su poder a través de la palabra humana. San pablo habla con fuerza de la necesidad de predicar, porque el Señor ha querido llegar a los demás también mediante nuestra palabra. ( Rm 10,14-17).

La homilía,  especialmente en el contexto eucarístico,  no es esencialmente  meditación o   catequesis,  tampoco una clase magistral o una exégesis bíblica. Se trata de un diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas  las maravillas de la salvación y las exigencias de la alianza.   El que predica debe conocer el corazón de su comunidad para buscar donde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también donde ese diálogo amoroso , fue sofocado y no pudo dar fruto. Si la homilía se inserta en la celebración eucarística debe ser breve y evitar parecerse a una charla. La palabra del predicador no puede volverse más importante que la celebración de la fe. Si la homilía se prolonga demasiado, afecta la armonía entre la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística.. El que predica debe asumir la condición materna de la iglesia sabiendo que el hijo, confía que todo lo que se le enseñe será para bien porque se sabe amado. La buena madre sabe reconocer todo lo que Dios ha sembrado en su hijo, escucha sus inquietudes y aprende de él. A Todos nos gusta aue se nos hable en clave de cultura materna. Este ámbito materno eclesial en el que se desarrolla el diálogo del Señor con su pueblo debe favorecerse y cultivarse mediante la cercanía cordial del predicador, la calidez de su tono de voz, la mansedumbre del estilo de sus frases, la alegría de sus gestos. 

Hasta antes del concilio Vaticano II las homilías, de acuerdo a lo que yo recuerdo,  acentuaban con expresiones cargadas terror las penas del infierno o en su defecto,  el sufrimiento del purgatorio. El Papa nos recuerda que la predicación no puede ser puramente moralista o adoctrinadora. En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien, como por ejemplo la memoria del pueblo fiel. Por motivo de tiempo no continuaré con la Exhortación del Papa, pero es fundamental leer el texto completo dado que a continuación nos habla de cómo preparar la homilía y de qué manera debemos decir lo que creemos se debe anunciar y comunicar. 

En la cercanía de la encarnación del Verbo, San Mateo nos anima a ponernos en las manos de Dios asumiendo la actitud del hijo que,  sabiamente percibe con los ojos de la fe que es Dios quien lo llama y lo envía a trabajar en su viña  Es el creyente humilde que abandona las apariencias tan propias de los fariseos para mostrarse tal cual es. Este es el discípulo que asume la espiritualidad de la conversión reconociendo que si sigue encerrado en si mismo no puede contemplar a Dios. Quien  viven construyéndose falsas imágenes de sí mismo o tratando de surgir destruyendo la dignidad del prójimo, no han creído en la justicia y por lo tanto están lejos de la fe ( Mt 22,32) La conclusión del texto que comento es clara. Los recaudadores de impuestos y las prostitutas creyeron, mientras que los fariseos, no creyeron ni se arrepintieron a pesar de haberlo visto. 

El profético libro de Sofonías condena la idolatría y las injusticias. Para librarse de la ira del Señor, hay que convertirse buscando sin descanso la justicia y la humildad. El profeta vislumbra un resto, el pequeño resto  que será el centro de la restauración. El  restaurador es el mismo Cristo cuando0 hbla de si mismo por el mismo  y cuando  se asume manso y humilde. De ahí suena clara y fecunda la invitación del maestro: vengan a mi los mansos y humildes porque yo les daré acogida y descanso. Si bien es cierto, la liturgia de la iglesia tomó del texto de Sofonías el Dies Irae, no es menos cierto que el profeta nos invita a la alegría de la conversión. 

Invitados a trabajar en la viña del Señor,  salgamos a su encuentro. Si para la familia cristiana navidad es motivo de gozo, de buenos sentimientos, de sanación de heridas y de manifestar lo más bueno y sano del ser humano, para un sacerdote o diácono debe ser motivo de una profunda revisión de vida teniendo como iluminación,  la misericordia de Dios y el  desafío de ser signos de comunión y vínculos de reconciliación. La mediocridad fácilmente cae en  la vanidad o simplemente se propone  administrar lo que recibimos como si no estuviésemos apremiados por una sociedad que nos exige y siempre atentos a lo que ocurre en una época en cambio.  . Una palabra de comprensión  para quienes pretendieron destruir mi ministerio. Creo que todo saldrá a la luz  cuando Cristo vuelva. Pido  misericordia para mi y para quienes se propusieron destruirme con calumnias absolutamente crueles y perversas. No me cabe ninguna duda. Al momento de morirse sufrirán por no haber reconocido su maldad, ni haber tenido la más mínima intención de actuar de al mandamiento del amor 

Les deseo una feliz navidad junto a sus familias y fieles en sus respectivas comunidades. 

      + Cristián Contreras Molina, O. de M.

                  Obispo de San Felipe

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